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¿Quién robó las primeras experiencias de éxito de los niños en la escuela?

Los niños necesitan experiencias tempranas de éxito cuando empiezan a aprender. Experiencias que les permitan sentir algo fundamental: “soy capaz”. Cuando a un niño se le proponen desafíos demasiado difíciles o demasiado tempranos, empiezan a aparecer frases que todos conocemos: “No puedo.” “No me gusta.” “No quiero.” Pero muchas veces esos “no” no hablan de falta de interés o de voluntad. Hablan de algo mucho más profundo: la sensación de no sentirse capaces. Todos los niños tienen derecho a sentirse capaces. No solo los tres que terminan primero. No solo los que se adaptan rápido al sistema. Todos. Todos tienen derecho a que se respete su ritmo, su punto de partida, su experiencia previa y también su estado emocional. He visto demasiados niños llorar frente a un cuaderno, frente a una cuenta o frente a una copia que parece interminable. Y cuando eso ocurre no estamos frente a un problema del niño. Muchas veces estamos frente a un problema en la manera de enseñar. Cuando algo se enseña antes de tiempo o de una forma inadecuada, lo que aparece no es aprendizaje, sino repetición forzada. El niño repite una y otra vez hasta que, con esfuerzo y desgaste, algo finalmente se fija. Pero en ese proceso no siempre están aprendiendo a leer o a escribir. Muchas veces están aprendiendo algo mucho más peligroso: que no pueden. He visto a muchos niños que no tienen ningún interés en las letras. Y no necesariamente porque tengan una dificultad, sino porque ese interés todavía no apareció en su momento evolutivo. A los tres o cuatro años muchos niños todavía necesitan, sobre todo, jugar, moverse, explorar el mundo. Sin embargo, en lugar de eso, muchas veces pasan horas sentados completando fichas, con la presión de terminarlas para poder recién entonces salir a jugar. Olvidamos que la mayoría de los niños, a los tres o cuatro años, todavía no tienen desarrolladas las competencias necesarias para que el aprendizaje lectoescrito sea algo fácil y natural. Pero también es cierto que esas competencias no aparecen mágicamente cuando el niño cumple seis años. Para que la lectura y la escritura se vuelvan un proceso accesible, antes —y durante— ese aprendizaje los niños necesitan desarrollar habilidades básicas que lo hacen posible. Habilidades motoras, cognitivas, lingüísticas, perceptivas y también emocionales. Cuando esas bases se fortalecen, el aprendizaje fluye. Cuando no, aparece la lucha. Tal vez haya llegado el momento de volver a un aprendizaje más respetuoso de los niños. Un aprendizaje donde haya espacio para el disfrute, la alegría y el movimiento. Un aprendizaje que avance de lo que el niño ya puede hacer con competencia hacia aquello que todavía no logra, pero que está en camino de lograr.
He visto también a muchas madres preocupadas porque a sus hijos se les exige desde el inicio escribir en el cuaderno con letra minúscula, pequeña, prolija y perfectamente apoyada sobre el renglón. La escritura aparece entonces encorsetada desde el primer día. Y olvidamos algo muy básico del desarrollo: los procesos suelen ir de lo grande a lo pequeño. Primero trazos amplios. Luego control. Luego precisión. Pedirle a un niño que escriba pequeño y perfectamente alineado cuando todavía está aprendiendo a dominar el movimiento es pedirle algo para lo que aún no está preparado. Exigir lo que todavía no puede hacer no es enseñar. Es frustrar. Es enseñar, sin quererlo, que no es capaz. Y un niño que se siente derrotado no busca intentarlo de nuevo. Ahí, en esa resistencia a volver a intentar, se pierde algo muy valioso: la confianza. La confianza es, en el fondo, la voluntad de intentar. Nace cuando el niño percibe que existe una posibilidad de lograrlo. No hace falta una seguridad total. A veces basta un pequeño porcentaje de ilusión. Pero cuando se le pide algo para lo que aún no tiene las competencias necesarias, el niño queda atrapado en una derrota segura. Y eso no es falta de voluntad. Es falta de ilusión. Es no haber tenido la oportunidad de dudar de su derrota. En muchas escuelas los niños son expuestos demasiadas veces a derrotas seguras en el aprendizaje. Por eso luego necesitan ser puestos en situaciones con ventaja. Pequeñas victorias iniciales. Esas pequeñas experiencias de éxito son las que les devuelven el ánimo para volver a intentar, para arriesgarse un poco más, para confiar otra vez en sus propias capacidades. Y es ahí, en esas pequeñas victorias, donde realmente empieza el aprendizaje.

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