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Cuando entran a primer grado, les quitamos los colores

Hay algo curioso que ocurre cuando los niños cumplen seis años. Hasta ese momento, su mundo está lleno de colores. Dibujan con rojo, verde, violeta, naranja. Pintan el cielo del color que imaginan. Usan fibras, crayones, témperas. El color forma parte natural de su manera de aprender, explorar y expresarse. Pero cuando entran a primer grado, algo cambia. Los lápices de colores empiezan a desaparecer de la escena principal y, en su lugar, aparece un objeto que dominará la mayor parte de su vida escolar: el lápiz negro. De pronto, escribir y aprender parecen volverse monocromáticos. En algún momento de la historia de la educación, algún pedagogo decidió que el lápiz negro era el instrumento adecuado para el aprendizaje formal. Y desde entonces, esa decisión se repite año tras año, generación tras generación, casi sin cuestionamientos. Caemos así en una premisa muy conocida en muchas instituciones: “Si siempre se usó lápiz negro, ¿para qué cambiar?” Y así es como un día la escuela volvió gris el aprendizaje.
Sin embargo, hoy sabemos algo que antes no se conocía. Las investigaciones actuales sobre cerebro y aprendizaje muestran que los colores estimulan múltiples áreas cerebrales, especialmente aquellas relacionadas con la atención, la creatividad y la organización de la información. El color no es solo algo estético. El color activa el cerebro. Cuando usamos colores para escribir, subrayar, marcar, trazar o dibujar, el cerebro procesa la información de una manera más rica. Los colores ayudan a organizar ideas, generar asociaciones y facilitar la memoria. Además, cuando el aprendizaje se vuelve emocionalmente positivo, ocurre algo muy importante: aumenta la atención. Y la atención es uno de los recursos más valiosos —y más buscados— del aprendizaje. El color tiene un poder enorme para activar esa atención. No hace falta leer miles de papers científicos para intuirlo. Basta con observar el mundo que rodea a los niños: los videojuegos, los dibujos animados, los libros ilustrados. Todos están llenos de color porque el color atrae naturalmente la mirada del cerebro.
Podés hacer una pequeña prueba ahora mismo. Levantá la vista y mirá a tu alrededor durante unos segundos. Luego cerrá los ojos e intentá recordar qué objetos viste. Es muy probable que los primeros que aparezcan en tu memoria sean aquellos que tenían más color. El cerebro está diseñado para detectar contrastes, novedades y estímulos visuales intensos. Por eso, aquello que tiene color destaca, captura la atención y se recuerda con mayor facilidad. Hoy sabemos también que ciertos estímulos facilitan que la información atraviese los filtros del cerebro y pueda almacenarse en la memoria de largo plazo. Entre esos estímulos se encuentran la curiosidad, la emoción, la sorpresa… y también el color. Por eso resulta, al menos, llamativo que justamente cuando los niños comienzan su vida escolar formal, el aprendizaje se vuelva mayormente negro sobre blanco. Quizás la escuela no necesite más normas. Sino cuestionar las que ya están. Quizás necesite recuperar algo que los niños ya traen naturalmente. Color para pensar. Color para organizar ideas. Color para recordar. Color para imaginar. Porque cuando un niño aprende, su mente no es negra. Es viva, luminosa y llena de matices. Tal vez haya llegado el momento de hacer algo muy simple: devolverle los colores al aprendizaje… y quitarle al lápiz negro el monopolio de enseñar. Mariana de Anquin

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