Hay algo curioso que ocurre cuando los niños cumplen seis años. Hasta ese momento, su mundo está lleno de colores. Dibujan con rojo, verde, violeta, naranja. Pintan el cielo del color que imaginan. Usan fibras, crayones, témperas. El color forma parte natural de su manera de aprender, explorar y expresarse. Pero cuando entran a primer grado, algo cambia. Los lápices de colores empiezan a desaparecer de la escena principal y, en su lugar, aparece un objeto que dominará la mayor parte de su vida escolar: el lápiz negro. De pronto, escribir y aprender parecen volverse monocromáticos. En algún momento de la historia de la educación, algún pedagogo decidió que el lápiz negro era el instrumento adecuado para el aprendizaje formal. Y desde entonces, esa decisión se repite año tras año, generación tras generación, casi sin cuestionamientos. Caemos así en una premisa muy conocida en muchas instituciones: “Si siempre se usó lápiz negro, ¿para qué cambiar?” Y así es como un día la escuela vo...